“Fue en el templo de Ishiyama donde la cortesana de la era Heian Murasaki Shikibu empezó a escribir La historia de Genji, la novela más antigua de la que se tiene conocimiento, la noche de la luna llena en agosto de 1004. Hiroshige, uno de los maestros japoneses del grabado realizado a partir de planchas de madera, describió exactamente este lugar en su obra Luna de otoño en Ishiyama, una serie de grabados publicados alrededor de 1834 y que sin duda Junichiro Tanizaki debió conocer. El templo está situado entre árboles y rocas en la ladera de una montaña que se retrata con distintos tonos de gris. La escarpada pared de la cima de la montaña refleja la luz de la luna llena, que flota en un cielo azul oscuro. La luz de la luna se derrama en las aguas del lago y la niebla, teñida de esa misma luz, casi no permite ver el monte Hira en la distancia, que es de un color gris pálido contra la parte baja del cielo que está teñida de amarillo.
Hacia la década de 1930, cuando Junichiro estaba escribiendo Elogio de la sombra, el entusiasmo de Japón por las luces brillantes y la amplificación en espacios públicos ya había transformado la noche. La resignación ante el hecho de no ver la luna desde Ishiyama surge de la desilusión de una observación lunar anterior que resultó desastrosa. En aquella ocasión Junichiro tomó con sus amigos un barco en el lago del templo de Suma. Para su disgusto, habían adornado los árboles que rodeaban el lago con estridentes luces de cinco colores. «Había, desde luego, una luna», comentó sarcásticamente, «si uno se esforzaba mucho por encontrarla».”
Fragmento de Nocturno. Un viaje en busca de la luz de la luna, de James Attlee.

